—Es malo divagar. —Suele decirme después de enredar el hilo de la conversación en un tema que se expande hacia el cielo, porque así es él. Con sus múltiples preguntas, y mis respuestas inconclusas.
Se le derrumba el mundo, se cae de frente hacia las nubes y la vida lo lleva a un rincón al que nunca me quiso llevar, por miedo o por protegerme, por indiferencia, o por amor. Nunca lo supe.
Dentro de algunos silencios, mi brío espíritu aseguraba que había encontrado la música entre sus dedos, que me guiaba hacia la letra, una armonía, un alguien con una silueta, con un nombre. Su nombre.
Si pudiera detenerme a respirar, elegiría esa tarde en que el viento con susurros te pronunciaba, la vez que aquella luz hacía su acto final, que nunca una puesta de sol está de más. Uno no necesita tanto cuando ha elegido ya su morada.
Si aseguro que eres tú quien se ha ido, es porque me he quedado aquí, a ver los colores de cada atardecer, buscando el mismo cúmulo antes de desaparecer el último rayo de sol, parpadeando a lo lejos y susurrando como el viento: —que todo va a estar bien.
Que voy a estar contigo siempre.


